🎐 Veleta #32: la vida empieza a los 40, lo que pides y lo que te llega y un espóiler
Veleta es una carta digital libre de must y to-dos. Solo vida, historias, curiosidades, libros y saber por placer cuando me cambia el viento.
Decía el psicólogo y psicoterapeuta Carl Jung que la vida comienza realmente a los 40. Y yo, que acabo de tropezarme en los 42, no sé si esta afirmación me gusta porque me conviene o si, de alguna manera, hay verdad detrás de ella, así que profundicemos.
Jung pensaba que las primeras cuatro primeras décadas de la vida (lo que denominaba la primera mitad) eran tan solo (ni más ni menos, también te diré) una etapa en la que recopilamos datos, aprendemos sobre el mundo y descubrimos quiénes somos. Sin embargo, aseguraba que TODO empezaba en esa segunda mitad de la vida, a partir de los 40, en la que atravesamos ese punto de inflexión que nos lleva a una plenitud consciente, aunque no sin antes pasar por la famosa crisis de los 40.
Pero, ojo, porque la palabra crisis, a pesar de esas connotaciones tan negativas con las que convive, se define en su primera acepción del diccionario de la Real Academia Española como un “cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”. Vamos, que la crisis de los 40 es, en realidad, un cambio profundo y de consecuencias importantes, es decir, el resultado de un proceso que no siempre es percibido de manera positiva.
El mismo Jung, en sus 40, sufrió en sus propias carnes un terremoto vital. Hasta ese momento fue gran amigo de Freud, su mentor, y, a partir de entonces, cortó relaciones con él y empezó a dirigir su propio camino en sus teorías. Pero no solo eso. A partir de los 40 (los 40 de hace un siglo) se dedicó a vivir la vida y salió reforzado del bache de la mediana edad. Por el camino, aprendió a esculpir en piedra, viajó para conocer nuevos países y estudiar culturas primitivas de otros continentes y construyó su casa, que supuso un lugar de retiro y de experimentación durante el resto de su vida, por poner algunos ejemplos.
Lo que pides y lo que te llega
Los expertos creen que la crisis de los 40 es, de hecho, la crisis de nuestras expectativas, esas que nosotros o incluso otros antes tenían para nuestra existencia, lo que queríamos conseguir o dónde querríamos estar. Según señala el catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Zaragoza, Javier García Campayo, en este artículo, “sobre los 40 uno empieza a darse cuenta de que en la cuarta década de la vida hay cosas que no serán posibles, como el tener hijos, determinados éxitos laborales, algunas relaciones de pareja, y se da por hecho que si no se ha conseguido no se va a lograr a estas alturas”. Vamos, traducido a meme, algo así como “lo que pides y lo que te llega”.
Y esto me recuerda a una cita que subrayé en un libro hace casi una década que dice lo siguiente: “La idea de que quizá uno puede tener grandes sueños que quizá no se cumplan nunca. De que uno, sin darse cuenta, se vaya haciendo cada vez más pequeño. No quiero que eso me pase a mí” (Los interesantes, de Meg Wolitzer).
Pero ¿hasta qué punto podemos controlar eso? ¿De verdad es posible o podemos rendirnos y dejarnos fluir con la vida sin fustigarnos tanto? Me gustaría que fuese lo segundo, pero será que sigo en ese “cambio profundo y de consecuencias importantes” y permanezco todavía en la fase de control. ¿Hasta cuándo? No sé. La única certeza que tengo es que han pasado más de tres años desde que escribí la última Veleta, la #31, en octubre de 2022. Entonces tenía 38 años y ya estaba inmersa en ese “cambio profundo y de consecuencias importantes”.
En este tiempo, han pasado cosas y he cumplido con algunas de esas expectativas. Con otras no. De todas ellas, iremos hablando en primera, en tercera persona y en impersonal en esta Veleta, porque, si algo permanece intacto, es mi necesidad de filosofar de la vida, de contar historias de otros que me inspiran, de leer y de compartir lo que rumio.
Así que te quiero dar la bienvenida de nuevo. Si te ha llegado esta carta es porque te has suscrito a mi contenido en algún momento de estos últimos cinco años. Si quieres seguir recibiéndola, perfecto, no tienes que hacer nada. Si no te apetece, puedes darte de baja al final del correo. Y si quieres recomendársela a alguien, puedes enviarle este enlace y habrás contribuido a la cadena de favores (ya sabes, como la peli; y si no la conoces creo que la Navidad es un buen momento para verla).
Como sé que el tiempo es algo realmente preciado (ya abriremos ese melón; acabo de leer lo último de Juan Tallón, Mil cosas, y sigo en shock), te digo claramente lo que puedes esperar en mis Veletas (aquí todas juntas):
Reflexiones de la vida, como esta.
Libros y literatura, como esta.
Recomendaciones varias, como esta.
Otras cosas cozy que me hacen sentir bien cuando el mundo de ahí afuera se me hace bola, como esta.
Espóiler vital
Gracias por seguir aquí. Te regalo este poema de Jaime Gil de Biedma al hilo de lo que hemos hablado hoy (cuidado, va con espóiler).
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
Nos leemos en la siguiente Veleta, cuando me cambie el viento.
Abrazo,
Patricia
Posdata: He puesto un carrete nuevo en Instagram. Si te apetece, estaré compartiendo por allí fotos como las que hacía con mi cámara Kodak en los 90, es decir, sin más (ni menos) pretensiones que dejar registro de las cosas que vivo: @patricialog.v1


